La batalla cultural es sólo en parte una confrontación de ideas. En su aspecto más potente se trata de un conflicto entre visiones radicalmente distintas acerca de lo que es moral e inmoral. Cuando hablamos de moral tendemos a referirnos a una serie de conductas, normas y costumbres que consideramos virtuosas o dañinas. Cada vez que percibimos un deterioro en la convivencia social hacemos juicios respecto de una decadencia moral presente. Esto no es un fenómeno contemporáneo, sino que es común a todas las generaciones que experimentan cambios relevantes.
El libertarianismo no viene a imponer una lista exhaustiva de conductas aceptables, sino a ofrecer un criterio ético de convivencia social. No se trata de defender o rechazar conductas específicas, sino de una posición del individuo basada en principios que podemos considerar universales y virtuosos. Estos son:
- Coherencia y reciprocidad
- Responsabilidad individual
- Disposición al aprendizaje o corregibilidad
Así, puede considerarse moral una conducta cuando existe coherencia entre lo que se dice y lo que se hace, cuando se reconoce en el prójimo el mismo derecho que se reclama para uno mismo y cuando hay disposición a aceptar las consecuencias de los propios actos.
Para que nuestro país despegue definitivamente, es necesario cimentar culturalmente la idea de la responsabilidad individual. Esta es ante todo una posición ética que nos exige, como libertarios, preguntarnos primero por los efectos de la propia conducta antes de buscar culpables en terceras personas.
La Moral Colectivista
Los principios y las premisas se ponen a prueba mediante la experiencia y es un deber moral reconocer lo que no funciona y lo que debe ser frenado a tiempo. Cuando la responsabilidad es delegada al colectivo no quedan responsables individuales. Por eso la izquierda radical tiende al garantismo y responsabiliza a una entidad abstracta —“el sistema”— de las conductas delictivas o antiéticas de los individuos. En esta lógica de izquierda, las personas son “víctimas” de un cierto orden de cosas, llámese explotación, opresión o desigualdad. Así se explica, más allá de una intencionalidad difícil de demostrar —y fácil de negar—, que el gobierno de Boric no solo haya indultado a condenados por delitos asociados a la revuelta octubrista, sino que además haya otorgado pensiones de gracia a sujetos con antecedentes penales. Bajo esa lógica perversa, su condición de “víctimas del neoliberalismo” prevalece sobre su responsabilidad individual. El paternalismo y el “complejo de superioridad moral” son características distintivas del pensamiento de izquierda. La cuarta “moral” consiste en señalar a los supuestos culpables de los males de la sociedad y en la consecuente necesidad de sacrificarlo en nombre del bien común.
La solución que propone es siempre la misma: el gobierno de unos pocos “iluminados” que saben qué es lo verdaderamente bueno para el resto. Aunque aparentan defender al “pueblo”, lo desprecian. Lo que buscan, en verdad, es dirigir la sociedad desde arriba. El dirigente izquierdista, habitualmente incomprendido, desprecia a la mayoría de la población etiquetándolo de “ignorantes”, “facho pobre” o “enajenados”. Si no puede dirigirles por la vía electoral intentará dirigirles mediante la coerción.
Frente al permanente fracaso de los proyectos basados en esta cuestionable moral, tienden a culpar al “imperialismo”, al “capitalismo” o a cualquier otra causa que proteja a la doctrina de la refutación. No hay nada menos igualitario ni más arrogante y tiránico que pensar así. Si retiramos sus capas narrativas (igualdad, justicia social, redistribución), queda en el fondo el resentimiento y la frustración por no poder planificar la sociedad de acuerdo con sus preferencias.
Nuestro Desafío
Recuperar la senda del progreso y el bienestar en Chile supone también un desafío moral: aprender a aceptar las consecuencias de nuestros pensamientos y actos, y estar dispuestos a corregir en el camino. No conocemos plenamente las consecuencias de nuestras ideas hasta que estas son contrastadas por la experiencia. La historia nos enseña que primero defendemos principios, y luego la experiencia nos muestra sus efectos prácticos. Los precursores de la libertad defendieron primero lo que consideraron derechos fundamentales y universales del ser humano (vida, libertad y propiedad), y luego descubrimos que el respeto por esos derechos podía traer como consecuencia una mejora en el bienestar general.
Los libertarios no somos autoritarios ni utilitaristas. Defendemos la libertad, no porque garantice resultados económicos positivos, sino porque reconocemos primero la dignidad moral de la persona, la igualdad ante la ley y el derecho del individuo a conducir su propio proyecto de vida. Pero esa convicción no nos exime del deber de contrastar nuestras ideas con la experiencia y corregirlas cuando sus efectos contradicen nuestros principios. Por eso las ideas de la libertad son compatibles tanto con el orden social como con la naturaleza humana. Por eso, las ideas de la libertad siempre triunfan por sobre las ideas colectivistas de izquierdas.
