El pasado 19 de septiembre asistimos a la que posiblemente ha sido la mejor parada militar de los últimos veinte años. Alineaciones perfectas, marcialidad y patriotismo se unieron a tomas televisivas bien logradas de encajonamientos perfectos. Batallones perfectamente alineados con la impecabilidad a las que nos tienen acostumbrados nuestras fuerzas armadas y de orden. No cabe duda de que a los chilenos nos gusta las instituciones y nos gusta el orden. La enorme audiencia televisiva así lo confirma.
Tal vez esta sea una cuestión vinculada a un ethos cultural chileno que conecta nuestro origen a una historia de guerras, luchas y esfuerzos cotidianos de sobrevivencia por más de más de cuatro siglos. Este ethos cultural es, en buena medida, lo que nos distingue (con sus virtudes y defectos) dentro del resto de países latinoamericanos. Nos gusta el orden institucional. Nos gustan los ritos republicanos que dan continuidad histórica, identidad y sentido de estabilidad. Ritos como las paradas militares, los cambios de mando o las elecciones son ejemplos de este tipo de rito republicano afincado en el ser nacional. Nos gusta el orden como antídoto al caos que siempre nos amenaza con terremotos, erupciones volcánicas, guerras potenciales o revueltas urbanas. Tal como identificaron historiadores como Alberto Edwards o Mario Góngora, a los chilenos nos gusta el orden, pero no tanto como una disciplina autoimpuesta, modelo propio de países desarrollados con raíces protestantes, sino como disciplina impuesta “desde arriba” o “desde afuera” (el orden Portaliano).
Pero no nos engañemos, este sentido común de respeto institucional y deseo de orden no convierte, necesariamente, al chileno en una persona conservadora o “de derechas”. Pero sí en un sujeto mayoritariamente pragmático, moderado y sensato. No hay que moverse a engaño. El chileno está igualmente predispuesto al cambio en la medida en que ello sirva para mejorar lo existente mediante reformas; es decir, en un marco de orden y estabilidad . Eso explica el éxito de los veinte años de gobiernos de concertación. Pero no está dispuesto a transformaciones profundas que pongan en riesgo lo ganado a través de ese orden y esa estabilidad. Esto lo demuestra los resultados de los dos plebiscitos constitucionales del 2022 y 2023.
Todo esto es cultural, puede gustar o no, pero es lo que explica la feliz vuelta a un sentido común que, si no se entiende la matriz cultural chilena y su historia particular, simplemente no se entiende lo que es ser chileno. Sin embargo, debemos ser cuidadosos y hacer allí un doble clic.
Las instituciones no valen únicamente por su estética o solemnidad. Las instituciones adquieren real valor en la medida que su funcionamiento (y no sólo su imagen) es coherente con las ideas, reglas y valores en las que se funda. Eso se llama integridad y es una lucha cotidiana para protegerlas de la principal amenaza que toda institución tiene desde dentro: la corrupción y la arbitrariedad en el ejercicio del poder. Ya lo decía Thomas Jefferson, uno de los padres fundadores de los Estados Unidos, “el precio de la libertad es la eterna vigilancia”. Las instituciones encarnan poder y el poder genera tentaciones, ambiciones, disputas y acomodos. Precisamente, porque hay poder en disputa en las instituciones, es que no se puede ser ingenuo al respecto. No basta con celebrar la imagen solida de nuestras instituciones. Como chilenos de bien debemos vigilar siempre el poder que de allí emana y exigir integridad; es decir, coherencia entre los valores y principios que se declaran institucionalmente y lo que se práctica por parte de los representantes institucionales. Y, sobre todo, no confundir nunca las instituciones con los cargos o las personas que temporalmente las representan. El orden institucional para ser justo debe ser imparcial en la aplicación de la norma común a todos.
“Las personas pasan, las instituciones quedan”. Es cierto. Pero también es cierto que las instituciones están conformadas por personas y que para que la sobrevivencia de una institución valga la pena debe haber integridad entre lo que declara y lo que practica.
A los chilenos nos gustan el orden y las instituciones. Pero las instituciones no están revestidas de santidad. Las instituciones pueden ser tan buenas o malas como las personas que las conforman y lideran. He ahí nuestro desafío como chilenos: superar la profunda crisis moral que nos embarga para que también nuestras instituciones reflejen plenamente la virtud e integridad moral de la nación.
