El año 2015 la compañía WOM ingresó al mercado de telefonía celular con una agresiva campaña publicitaria. En ella se asociaba la marca corporativa con la imagen de jóvenes cuya estética, disruptiva y desafiante, se mezclaba en entornos de ambigüedad sexual y multiculturalismo forzado. A partir de los mismos años, una serie de empresas trasnacionales con presencia en Chile adoptaron los objetivos de desarrollo sostenible (ODS) promovidos por la ONU. Con base a agresivas campañas publicitarias en favor del multiculturalismo, la inmigración descontrolada y el feminismo, estas empresas han contribuido a empujar la agenda política progresista del globalismo.
No nos equivoquemos. Los enemigos de la patria no están sólo en esa porción minorita, pero agresiva de la izquierda extrema, o en esa otra porción de la izquierda acomplejada que con cobardía la justifica. Estas ideas se infiltran en todos los ámbitos sociales incluidas las instituciones y las empresas. A esa infiltración de ideas es a la que hay que hacer frente con la batalla cultural.
Afortunadamente, hoy estamos entendiendo la batalla cultural como algo más que la batalla por la moral sexual. La batalla cultural es la reivindicación de valores, ideas y principios heredados que han estado en la base de la grandeza de Chile: Dios, patria y familia. Vida, propiedad y libertad, sintetizan valores y principios ampliamente compartidos por la mayoría de los chilenos.
La batalla cultural remite, en verdad, a elementos propios de la cultura cívica. Pienso, por ejemplo, en la situación de Suiza. Allí lo que es público se considera que es de cada uno y cada uno se hace responsable de lo público. Con un tejido social robusto, el suizo participa de asociaciones civiles que, por naturaleza, activan la orientación ciudadana a lo público.
En Chile lo público se considera que es de todo y lo que es de todo no es de nadie. Y las personas, particularmente de derechas, tendemos a alejarnos de lo público. La batalla cultural supone operar un cambio de mentalidad en nosotros. Supone entender lo publico como de todos y lo de todos cuidarlo como lo propio.
Eso es también batalla cultural. Es entender, desde la lógica del nacional libertario, que vamos a tener que entrar con fuerza a disputar los espacios que socialmente han sido hegemonizados por la izquierda: las juntas vecinales, los centros de padres, los clubes deportivos, la federación estudiantil, los centros de trabajo, los sindicatos, los gremios, etc. Porque allí es donde ocurre buena parte de la batalla cultural por la hegemonía social: en las organizaciones sociales de base y en los cuerpos intermedios (colegios profesionales, federaciones estudiantiles, gremios empresariales, juntas vecinales, sindicatos, etc.). No nos basta con tener muchos diputados y senadores. Eso es una parte, pero no el todo. La batalla cultural no ocurre tanto en el parlamento como ocurre todos los días en todos los ámbitos de la vida cotidiana. No nos equivoquemos: en esta batalla cotidiana todos somos importantes.