Cuenta la leyenda que, en 1214 en la ciudad Alemana de Hamelín, 130 niños fueron raptados a sus padres por un desratizado medieval que, furioso ante la negativa de la ciudad de pagar debidamente sus servicios, habría decidido llevarse a los niños del pueblo sin que estos hubiesen opuesto resistencia. De allí el misterio y fascinación de una historia que, devenida en cuento, plantea superficialmente la moraleja de pagar los compromisos comerciales. Sin embargo, vista en profundidad este cuento infantil nos alerta sobre lo peligrosamente manipulable que resultan siempre las nuevas generaciones. Esto siempre ha sido así y el poder económico de las megacorporaciones globales actuales lo sabe y lo utilizan en su favor. Por ejemplo, Disney -corporación global de la industria cultural- utiliza la producción de series, películas y dibujos animados para instalar, de contrabando, antivalores funcionales a una agenda política global. Pero los viejos ideólogos de la izquierda woke también lo sabían y -generosamente financiados por el poder económico global - se dedicaron desde mediados del siglo XX a tocar la flauta mágica en clave de desconstrucción. En Chile lo hacen, desde los liceos y universidades. Siembran el odio, la discordia y el resentimiento en jóvenes carentes de amor. Amor familiar, amor a dios, amor a la verdad y amor a la patria.
En Chile, desde mediados de los ochenta comenzó una época de florecimiento económico, resultado de la valentía de sostener –contra viento y marea- reformas económicas pro-mercado. A partir de allí vivimos 30 años de un crecimiento económico que disminuyó la pobreza de un 45 a un 11 %. El país experimentó una modernización que nos puso a la cabeza de américa latina. Fuimos los jaguares de latinoamérica.
Pero, al igual que los aldeanos de Hamelín, ante el altar de la productividad, descuidamos a nuestros hijos y nietos. Descuidamos la familia. Hombres y mujeres fuimos absorbidos en mente y cuerpo por el trabajo.
Entonces, confiadamente entregamos nuestros hijos a las salas cunas, escuelas y liceos mientras el flautista prometía que seriamos un país desarrollado y con educación del primer mundo: muchos derechos y pocos deberes. Relajamiento disciplinario y baja en los estándares de medición. ¿Resultado? El flautista nos ha robado una parte no menor de jóvenes que se han visto seducido por las melodías encantadoras de “la justicia social”, “la igualdad”, “la inclusión”, “todos, todas y todes”, etc.
No nos equivoquemos. El flautista de Hamelín es mucho más que un cuento infantil. Es una fábula que nos advierte del riesgo que se corre cuando las generaciones adultas abdican del deber de educar, cuidar y corregir directamente a los menores.
La recuperación de nuestro amado país exige mucho más que crecimiento económico. Quedarnos allí sería una visión meramente economicista que en nada nos distingue del materialismo oportunista del PDG o del liberal-utilitarismo de Chile vamos. Sacar a Chile del estancamiento exige también una auténtica recomposición moral de la patria.